Hace ya un año que se celebró Hispacon 2017, año en el que se le rendía tributo en todos los países, todas las casas, todas las habitaciones, todos los sofás, sillas o taburetes a David Bowie. Como suele pasar siempre que alguien muere o gana el Nobel de Literatura, el orbe tenía la discografía completa del cantante inglés, le seguía desde el principio (en algunos casos esto significaba que antes incluso de ser un embrión ya la persona estaba comprando los discos de Bowie). Surgieron dos antologías en torno a su música y yo fui invitada a una de ellas.

En Hispacon, por supuesto, se hizo una mesa en torno a Bowie, y una de las preguntas que formuló Cristina Jurado fue: “¿Cómo ha influido Bowie en tu obra?”. Esperé a que algunos de mis compañeros contestaran y yo estuve pensando en qué había podido influir… En nada. Esa fue mi respuesta, pero ahondé más en la herida: “Yo he escuchado a Bowie residualmente. Quien de verdad ha influido en mi obra son Rocío Jurado y Raphael”. Creo que no era la respuesta que se esperaba.

El caso es que de vuelta a mi stand estuve pensando que era terriblemente fácil encontrar antologías que giraran en torno a cualquier cosa anglosajona: Stranger things, Mary Shelley (este año), Stephen King…, pero, como siempre, resulta que hay poco que rinda homenaje a lo español.

No creo que se trate de quitar mérito a escritores, cantantes, series, o tentáculos y cosas (Pedro Moscatel) norteamericanas o inglesas, sino de poner en valor lo español porque hay cosas impresionantes en nuestro acerbo. Solo Cerbero sacó una antología que homenajeaba a Amanece que no es poco, No son molinos (antología de cachaba y boina).

La cuestión es que pensé en los méritos que tienen Rocío Jurado y Raphael. Pensemos: Raphael rompía con el estereotipo de macho ibérico, parecía un chico sensible, un poco amanerado (si tenemos en cuenta la mano a la bragueta para rascarse impúdicamente, el palillo de dientes en la boca y otras bravuconadas del hombre hispano en esa época, por no hablar en lo concerniente a la mujer…), cantaba al amor, pero no languidecía y moría de aburrimiento como Julio Iglesias. Vestía de negro y aseguraba bombillas cada vez que cantaba. Corría el año 1962.

Rocío Jurado llegó a la escena en 1967 con unos cardados imposibles, un maquillaje excesivo y unos escotes que nunca burlaron la censura. Cuentan que el censor siempre iba al camerino de la Jurado y le ordenaba taparse, o ponerse algodones en los pezones. Una vez, incluso, la obligaron a ponerse algodones en los pezones para que no se notaran a través del vestido. Ella hacía exactamente lo que le ordenaban, pero, en cuanto llegaba a la puerta del plató (los programas se hacían en directo, no lo olvidemos), se deshacía de toda la parafernalia censora y salía como le daba la gana a cantar. De aquella época son míticas las grabaciones en las que la cámara la da una imagen de ella lejísimos por impudicia. Alguna vez tuvo que pagar una multa.

Con todo esto, en un país casposo, retrasado, lleno de envidias y Paco Martínez Soria (a quien admiro profundamente), las figuras de Rocío Jurado y Raphael, eran de rompe y rasga. Dos cantantes andaluces, de pueblo, que llegaban a Madrid no solo a triunfar, sino a pasarse por el arco del triunfo las convenciones dictatoriales. Eso merecía una antología.

Porque era más fácil que hubiésemos escuchado de pequeños algunas de las canciones de Amor marinero o De que te quiero, te quiero que algo de Diamon Dogs.

Españapunk surge de esa Hispacon, de esa idea de que en este país hemos tenido y tenemos escritores, cantantes, actores, directores de cine, pintores e idiotas con mucha más potencia que en Estados Unidos o Inglaterra.

Los autores que están en la antología: Pedro Moscatel, Jesús Relinque, I.S. Guinaldo, José Manuel Fernández Aguilera, Andrea Díaz, Haizea M. Zubieta, Kristina Yanavichyute, David P. Yuste, Sonia González, Óscar Navas, Ana Sáiz, Miguel Ángel Contreras Betancor, Zahara Ordóñez, y los que salen en dos bolsilibros aparte, Juan Manuel Santiago y Alicia Pérez Gil, no solo supieron entender lo que buscábamos sino que lo elevaron a la categoría de literatura de primera.

Españapunk es un libro diferente, rompedor, que pretende salir con escote ante la censura y ser como le da la gana. Los relatos son absolutamente excepcionales, al igual que las ilustraciones de Mariana Palova. La editorial solo puede estar orgullosa y agradecida por tener a su alrededor gente tan grande, que la hacen un poco mejor cada día.

Va por vosotros porque no se nos rompa nunca el amor de tanto usarlo.

ESPAÑAPUNK

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